22 / 05 / 2018
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"El carácter social de las empresas"

José Luis Fernández, director de la Cátedra de Ética Económica y Empresarial de ICADE José Luis Fernández, director de la Cátedra de Ética Económica y Empresarial de ICADE

 

José Luis Fernández, director de la Cátedra de Ética Económica y Empresarial de ICADE, escribe en el Anuario de la Comunicación 2017 de Dircom sobre el nuevo concepto de empresa y las diferentes maneras de gestionar una compañía.

La Lógica clásica distinguía con precisión entre tres tipos de términos, aplicables a tres realidades diversas: los unívocos, los equívocos y los analógicos. Pues bien, el concepto de empresa hay que situarlo, muy seguramente, entre los analógicos, habida cuenta de la variabilidad de su fenomenología. 

Aunque una tienda de ultramarinos, una compañía cotizada en el IBEX 35, un banco global y una empresa de inserción sean, aliquo modo, empresas; es evidente que no son, ni de lejos, exactamente la misma realidad. Y esto que se dice es aplicable a los múltiples tipos y configuraciones que la empresa ofrece a una consideración meramente descriptiva. En efecto, cabe hablar -cada una con su idiosincrasia y su peculiar lidia- de empresas grandes, pequeñas, medianas…; de familiares, públicas, privadas…

La manera de gestionarlas también varía de manera llamativa. Sin entrar en detalles, comprenderá el lector la diferencia entre, por ejemplo, dirigir un negocio puramente financiero y especulativo, o gerenciar una fábrica de corchos para botellas de vino… También resultará fácil de advertir la diferencia en el enfoque estratégico y de visión, si se cae en la cuenta de que hay empresas orientadas al corto-cortísimo plazo, con tendencia a maximizar el valor para el accionista… y otras, con vocación de continuidad a más largo término y atentas también a los intereses de otros grupos.

En cambio, por lo que respecta al emprendedor la cosa, a mi entender, se simplifica. Ya hablemos del empresario tradicional, del que lleva adelante un proyecto con ánimo de ganar dinero o ya lo hagamos del emprendedor social, uno y otro comparten una serie de signifi cativos rasgos psicológicos: creatividad, capacidad de innovación, temple para asumir riesgos, voluntad firme de luchar por los objetivos propuestos,
saber leer la realidad social para encontrar oportunidades, visión de negocio… Por lo demás, que el emprendedor social no tenga ánimo de lucro no quiere decir, sin embargo, que tenga voluntad de entrar en pérdidas.

Y bien: de todo esto, ¿qué resulta?
Resulta que la empresa es una creación humana, que responde a uno de los imperativos culturales que todo grupo estable debe atender: el imperativo económico, concretado desde la insatisfacción y la escasez, en la dimensión económica de la vida social, y que pide satisfacer necesidades. Unas son muy básicas -comer, vestir, guarecerse…-; otras, cada vez más sofi sticadas, pues, según sabemos, no sólo de pan vive el hombre. Por lo demás, tanto los bienes que producimos cuanto los medios que utilizamos para producirlos son, por defi nición, siempre escasos: no están ahí, gratis, a la mano, ni las cosas, ni la riqueza… Hay que organizarse para producirlas. Pues bien: es aquí, es en este punto, donde la empresa se nos revela como la clave de bóveda que da salida a las constricciones de la dimensión económica de la vida y donde patentiza de manera más palmaria -más allá del evidente sesgo económico que siempre comporta-, su carácter y su entraña inequívocamente social.

Por ello, si tuviéramos que abocetar a grandes rasgos una suerte de Ontología de la empresa -y quedarnos con la esencia de lo que la empresa es, más allá de las cuestiones accidentales, tales como el sector, el tamaño, la escala, la estrategia, el estilo de liderazgo, la estructura de la propiedad, etcétera-; digo que, si tuviéramos que ir al núcleo de lo que la empresa representa, cabría señalar lo siguiente: la empresa coordina la acción de personas distintas, con aspiraciones diferentes y motivaciones diversas, que deciden colaborar y tratan de hacerlo de manera efi ciente bajo una dirección bien establecida, en la búsqueda de un fin y un objetivo común, denominado misión o propósito; y que, en el fondo, no puede consistir en otra cosa que en crear valor social de manera sostenible. La consecución de beneficios económicos, desde esta perspectiva, no será sino un potente indicador, capaz de cuantificar la manera en que la empresa se está aproximando a la consecución del fi n-objetivo para el que fue creada en virtud el acto de emprendimiento; sin duda, subjetivamente variable.

Siendo esto así, como sinceramente lo pienso, las empresas mercantiles y las de emprendimiento social comparten mucho más de lo que, a primera vista, pudiera parecer. Unas buscan crear valor económico, aunque no sólo -sobre todo si tienen orientación a largo y ánimo de atender al conjunto de sus grupos de interés. Las otras se orientan a la solución de algún problema social; pero, con buen criterio, utilizan una palanca potente y exitosa -la empresa y la gestión-. Y ambas, en todo caso, comparten un inexcusable carácter social.

 

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